Número 1
9 les les pagaban anualmente un suelo promedio de 110 pesos en Coajomulco y 96 en Huitzilac al decir de Orellana, p. 71. Este diagnóstico parece haber te - nido menos relación con los propios parámetros de la cultura letrada, que con la función social de dicha educación disociada de la vida económica de sus po- bladores. Más allá de esta apreciación, merecen con - signarse las cuatro categorías educativas con que se evaluó a los niños de Coajomulco y Huitzilac, con la salvedad de que este informe obvia la información sobre las niñas adscritas a la escuela de Coajomulco (12) y a la de Huitzilac (14): Niños en edad escolar en las “escuelas” comunitarias En doctrina Leyendo Escribiendo Contando Coajomulco 18 4 2 1 Huitzilac 12 5 2 1 Fuente: Orellana (1826) La cultura letrada ha ganado presencia en los espacios públicos de Coajomulco en el curso de las últimas décadas: la seña escrita de la nomenclatu - ra de las calles del poblado sólo es visible en la calle Leona Vicario, las demás descansan en una novísima tradición oral que va relevando la nomenclatura oral nahua de los parajes familiares: Majara, Techuchulco (piedra desgranada en la que nacen flores). La no - menclatura de calles está ligada a su trazado lineal urbano que marca con visible simetría sus espacios, dejando atrás las veredas y la lógica irregular de los parajes familiares. La autopista, el ramal carretero y las calles, fracturaron su anterior lógica cultural. La oferta mercantil permite distinguir a través de rótulos pintados en las paredes, hojas de papel, láminas de metal o maderas, sus ramos y productos más que los nombres de las tiendas: abarrotes, tor - tillas, pan, funeraria “San José”, etc. Desde fines de los años 30, la identidad de los difuntos sigue siendo registrada tanto en las tumbas del cementerio como el atrio de la capilla principal; de esta última transcri - bo los más antiguos: FCS, 1939; Ignacio López, 1940; Marcelo Vásquez, 1946. En las lápidas de los años cincuenta, además de los nombres y la edad de los difuntos se filian los afectos de los deudos más próxi - mos y sentidos (esposa, hijos). Sin lugar a dudas, la escritura mortuoria ensan - cha sus señas, acompañando el ritmo de la moder - nización educativa. El grafito anuncia su presencia lúdica o deportiva: los clubes Azteca y Atlas desde la década pasada anunciaban en los pequeños recua - dros de sus improvisadas pizarras colocadas sobre las paredes de las casas de sus auspiciadores, los par - tidos y horas de juego pendientes. Los escolares de la primaria estampan un colorido mural infantil en la
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