Número 3

19 fugaces del paisaje, de los embates de la naturaleza, o de la presencia pasiva o provocadora de los asen- tamientos próximos o distantes y de sus pobladores. Viajar devino en el modo de vivenciar dos expe - riencias propias de la modernidad: la de la fugacidad del instante y la del vértigo de la velocidad. A partir de entonces la regularidad del viaje se afinó, apoyándo - se en los usos del reloj público y de bolsillo así como en las nuevas exigencias de los ritmos capitalistas de la producción, circulación y consumo. La experiencia de aproximarse al juego de interacciones múltiples en los puertos o en las estaciones intermedias fue también una novedad. Los pasajeros tuvieron la po - sibilidad de transitar o cambiar de mirador sin tener que bajar de las novísimas unidades de transporte y sin que éstas renunciasen a sus velocidades de desplazamiento. No fue casual que proliferasen en la segunda mitad del siglo XIX, una multiplicidad de crónicas sobre viajes en estos fascinantes medios de locomoción. Desde fuera, la tradición oral, fue cons - tituyendo sus propios relatos y creencias sobre el fe - rrocarril o el humeante navío. Estos anticipaban sus presencias a través de las ostensibles señas sonoras de sus inconfundibles silbatos y campanas. Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893), cono - cido novelista y político de extracción indígena, fue testigo de este proceso de modernización y cambio cultural. El escenario y la historia morelense no le fueron desconocidos. Altamirano vivió dos años que m arcaron su tránsito de la adolescencia a la juventud en una población cercana a Cuautla. Se le atribuye la autoría de una obra extraviada titulada Morelos en Cuautla (1852). De sus viajes al interior quedan una cuantas crónicas que mencionan su paso por Morelos en diligencia y en ferrocarril entre 1870 y 1881 respectivamente. Hacia 1870, la población to - tal morelense se estimaba en 125 mil pobladores. La tasa de crecimiento poblacional, fue magra aunque positiva al alcanzar un 0.6% para el periodo de 1793 y 1870. 1 Aunque la industria de la caña de azúcar -al seguir siendo hegemónica- condicionó la pervivencia de la fisonomía rural de la región, se vivieron algunos cambios regionales relevantes, los cuales han sido reseñados por Brígida von Mentz: el abandono por parte de las empresas del régimen esclavista en fa - vor de formas menos arcaicas, crecimiento y diferen - ciación social de los pueblos que favoreció a los “in - termediarios” y muy poco a los contados artesanos, un clientelismo remozado gracias a los intermedia - rios de los pueblos que favoreció a los terratenientes regionales como los Pérez Palacios por ejemplo. La movilidad territorial fue reportada como relevante hacia principios del siglo XX. Del primero, sólo figura el trazo de un viaje ima - ginario a Cuernavaca que presumiblemente recrea una experiencia previa y/o los relatos de sus cono - cidos. Este fue publicado en el muy conocido diario capitalino El Siglo XIX con fecha 5 de junio de 1870, así dice: “Atravesamos la gigantesca cordillera que rodea la mesa central, pasemos rápidamen - te por la hermosa cañada de Cuernavaca,

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