Número 3
20 toda bordada de risueñas poblaciones, de ricas haciendas de caña de azúcar y de in - mensas huertas en las que hoy florecen los naranjos y comienzan a ostentar sus frutos los plátanos y los mangueros. Dejemos atrás, bajo las sombras de los sauces, el Amacusac confluente del Mescala y cuyas aguas corren todavía escasas y silenciosas a pesar de las primeras lluvias...” El viaje ficcional de Altamirano obvia referir el entorno boscoso del norte morelense y sus pobla - ciones, sólo hay mirada y palabras para el floreciente valle azucarero y su villa, también para sus fronteras naturales de norte a sur, la cordillera y el río. Lo de - más no cuenta. El año de 1878, la onda modernizadora del trans - porte ferroviario tuvo que ver con la línea interoceá - nica que se venia proyectando. Delfín Sánchez, em - presario español, lideró a un grupo de inversionistas articulados a la principal zona productora de azúcar, logró concentrar y unir los ramales ferroviarios lo - cales bajo la sociedad “Ferrocarriles Unidos de Mo - relos, Irolo y Acapulco. “Todavía tendrían que pasar algo más de un lustro para estructurar la malla fe - rroviaria interoceánica, que remodelaría el mercado interno y el eslabonamiento regional agroexportador al mercado mundial. 2 Altamirano, once años después de su primera crónica de viaje pre ferroviaria, dio curso a sus im - presiones en un ritualizado viaje inaugural en Ferro - carril a la ciudad de Cuautla, del cual sólo tomaremos los pasajes que se eslabonan con nuestro tema. Alta - mirano el 21 de junio de 1881, publicó una sugestiva crónica titulada “El ferrocarril de Morelos” en el dia - rio capitalino La República , que nos servirá de pre - texto para terrenalizar nuestra aproximación cultural al viaje, al viajero y a la mirada. Nuestro escritor, a diferencia de las crónicas pre - cedentes que narraban las experiencias de viaje en ferrocarril en el tramo México-Nepantla que atra - jeron a plumas reconocidas como la de Guillermo Prieto, o de las más azarosas a lomo de bestia o en diligencia entre la ciudad de México a Cuernavaca. Nuestro escritor optó por narrar su viaje en tren en 1881 de la estación de Nepantla a la de Cuautla. Co - rrían los tiempos de la gubernatura estatal del Ge - neral Pacheco, el cual mostró interés por el papel modernizador de la obra pública pero también el de las iniciativas privadas que tenían previsible impacto económico y social como la del ferrocarril. Ignacio Manuel Altamirano reseñó que esta pu - jante empresa ferroviaria presuntamente a cargo de Manuel Mendoza, y apoyada por los hacendados del valle de Amilpas, fue apadrinada por el gobernador Pacheco. Esta reseña, cojea de realidad, porque el liderazgo empresarial ferroviario regional estuvo a cargo de Delfín Sánchez, tan español como Mendoza. La asociación de los hacendados españoles y mexica - nos fue reivindicada como la principal gestora de di- cho proyecto modernizador en el escenario regional. Sin lugar a dudas, la ampliación de la red ferroviaria daría nuevo cauce comercial a los excedentes agríco - las del valle en manos de los hacendados. La crónica de Altamirano asumió dos criterios desde los cuales fijó el valor de los pueblos morelen - ses, visualizados fugazmente durante el viaje. El pri - mero, el de “su importancia”, que sin aclararnos su sentido nos sugiere -tomando en cuenta el locus cul - tural de la enunciación del narrador y su tiempo- los pesos demográficos y económicos de las localidades. No hay duda que nuestro cronista estaba casado con las ideas fuertes del progreso y la civilización, las cua - les se hicieron explícitas al final de su escrito. El segundo criterio de Altamirano fue más ma - nifiesto en su adscripción de valor a la población, siempre “que sea digna de mención por encerrar re - cuerdos históricos”. Pero, esta visión patrimonialista y valorativa de Altamirano puede ser filiada cultural - mente. En lo general, no es muy abierta y plural que digamos, por lo menos en el texto que nos ocupa. Los ejemplos de Ozumba y Nepantla a los que apela nuestro escritor refrendan nuestro aserto. Los rela - tos que le confieren relevancia a estos pueblos nos remiten a las presencias o huellas culturales colonia-
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