Número 3
21 les legadas por dos figuras intelectuales de primer orden. Altamirano evoca al teólogo José Antonio Alzate y Ramírez (1737-1799), nativo de Ozumba, acaso motivado por las preocupaciones de éste por descifrar a su manera las ruinas de Xochicalco y tam - bién por sus cultas aficiones astronómicas y letradas. La otra figura que reivindicó Altamirano es la de Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695), originaria de Ne - pantla y fina poetisa. Una nueva mirada cultural Salvo Ozumba y Nepantla, en dicho tramo de viaje no existe ningún otro digno de tom arse en cuenta. Ello no quiere decir que la mirada del escritor viajero se desplome, queda todavía el cambiante paisaje visto en panorámicas. Y ojo que las experiencias visuales de las panorámicas, a pesar de la visión romántica de Altamirano sobre la naturaleza, tienen un sello muy propio de la modernidad, es más, afirmamos que son hechuras de ella. Las panorámicas no son pura per - cepción, recordemos que están filtradas por la cultu - ra letrada y moderna de su tiempo, también por los despliegues de una nueva práctica arquitectónica e ingenieril y los consumos culturales y estéticos que le correspondieron. La visión de Ignacio Manuel Altamirano es elo - cuente: “...hay que fijarse solamente en las bellezas naturales del camino, bellezas indescribibles y que no son sino para vistas pues si de pintarlas con la pluma se tratara, tendrían que reproducirse paisajes monó - tonos a pesar de su variedad de pálidos, a pesar del brillante colorido que constituye su belleza”. La ana - logía que propone nuestro viajero oscila, entre los más apropiados modos artísticos de representación -el que viene de la pintura- y el que procede de la literatura. Entre uno y otro, el cronista opta por ob - vias razones por el segundo, aunque reconociendo sus límites. Más allá de lo dicho, Altamirano agrega que su singular experiencia como viajero tiene una ostensible carga estética, aunque implícitamente re - vele la presencia de la tradición romántica. Él, dice algo más, que su experiencia es en cierto sentido co - lectiva, es decir, propia de los viajeros en ferrocarril: “Tamaño espectáculo atrae las miradas de los viaje - ros y los sumerge en muda contemplación”. Mirar hacia fuera o hacia dentro del vagón de pasajeros exhibe una opción personal que sólo marca una diferencia cultural, no su ruptura. Hacia adentro y presumiblemente en la primera clase, la mirada del escritor indígena resiente las marcas de distinción de los consumos culturales de las élites criollas; también le pesa el despliegue de frívolas prácticas conversacionales. Otras crónicas debidas a la firma y genio de nuestro escritor acerca de los consumos culturales de las élites capitalinas, re - velan que algunos de ellos los veía con simpatía y que no le eran ajenos, incluyendo las noctámbulas ofertas gastronómicas y artísticas de Fulcheri. En
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