Número 3

22 este caso, Altamirano -el viajero- ironiza al decir: “Quédese la charla insignificante para los frívolos a quienes la hermosura de la naturaleza nada dice; quédese la observación de los detalles pueriles, la novedad del traje de los mozos de Fulcheri y del adorno de los vagones, las pequeñeces de la concu - rrencia misma, para los que han ido al viaje a poner enfrente de esas mezquindades el pobrísimo y tur - bio foco de su imaginación sietemesina, para sacar de todo eso una gracejada fría y sin sal, un epigrama infeliz que no saca chispas, ni restregado con la pie - dra del odio y de la envidia.(...) la verdad es: que el espíritu serio sólo se fija en las grandezas naturales de nuestro país. “ Ni tanto, ni tan poco. Altamirano nos revela otro plano de su mirada sobre el paisaje, la seriedad política del mirar pa - trimonialista nacional sobre “las grandezas natura - les”. Mijail Bajtin ha argumentado sin desperdicio acerca del perfil moderno, elitista y autoritario del paradigma de la seriedad. El escritor mexicano tra - za desde la seriedad y el saber otra frontera, otra marca de distinción que confronta a la exagerada precariedad lúdica y frívola que construye y adscri - be a sus anónimos y circunstanciados acompañan - tes criollos y mestizos, quizás porque socialmente se sienta marginado. La reflexión y mirada de Altamirano se desliza ahora en otra dirección en su relato. Las grandezas naturales guardan más perfección y valor que la obra de ingeniería humana que sostiene este circui - to ferroviario, pero que dada su utilidad merecen pasarse por altos sus “irregularidades”. Nuestro au - tor concede: “El camino es atrevido y bello y honra altamente al ingeniero que lo trazó y ejecutó y a la empresa, que no ha desfallecido ante las dificulta - des”- El ingeniero Chimalpopoca debió sentirse ha - lagado de tal mención. Más adelante volverá sobre la filiación indígena del ingeniero para confrontar indirectamente el racismo y los prejuicios que rei - nan en las élites criollas actualizados por las modas positivistas y socialdarwinistas de su tiempo. Los registros valorativos de las poblaciones mo - relenses de Altamirano resultan interesantes en la medida en que nos muestran descarnadamente su distancia frente a los asentamientos nahuas encar- nados en Tetelcingo: “...en que domina pertinaz y ciego el espíritu de abyección que impuso la enco - mienda”. Pero, el ideario liberal de Altamirano se desdibuja cuando enfrenta la cuestión laboral en las haciendas cañeras a partir de un caso que considera paradigmático. Se trata de la hacienda “Santa Inés” cerca de Cuautla, conducida por el virtuoso español don Luis Rovalo. La gestión de este hacendado mo - delo condensa la alternativa paternalista de Altami - rano para las haciendas. Rovalo, al decir de Altami - rano, “supo unir al hacendado con el trabajador” y tratar a este último como “un padre”, eliminando “en su espíritu las preocupaciones que transmiten la miseria y el desaliento y que fomentan el odio y la ignorancia”. El paternalismo autoritario no pa - rece estar reñido con la retórica desplegada por el propio Altamirano sobre la libertad. De otro lado, la España de la negatividad de la encomienda se ate - núa con el espíritu modernizador de los empresa - rios españoles de fines del siglo XIX. Reflexiones finales La crónica de Altamirano encapsula otro texto suyo, el discurso que pronunció en el ritual de inaugu - ración del servicio de ferrocarril en la estación de Cuautla. Rescatemos dos de las muchas entradas del discurso de Altamirano a manera de cierre. La primera subraya la función económica del servicio ferroviario: “Esta vía atravesando la riquísima zona de la tierra caliente, va a inundarla de bienestar, va a acercar entre sí a estos pueblos y a comunicarlos con los pueblos centrales, llevando a sus mercados los frutos de la zona tórrida, los más productivos de nuestra tierra. Es la paz la que ha producido tan grandes bienes”. La segunda, hace explícito el pa - pel modernizador del indígena aculturado, letrado y versado en la ingeniería, acaso porque se ve con orgullo en dicho espejo: “Hay señores, en la compa - ñía del Ferrocarril de Morelos, un joven mexicano,

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