Número 17
27 El autor presenta el lado oscuro del Reformato - rio como el de la pérdida compartida de la libertad entre reformadores y reclusos. Se adscribe como “peón del alfabeto” y declara su función correctiva frente a los celadores represores: “Lo primero que hice, por consiguiente, pre - via autorización de la superioridad, fue vigi - lar a los encargados de la vigilancia infantil. Fiscalizar su comportamiento. Me levantaba de noche a cualquier hora y recorría los si- tios más sospechosos del establecimiento en busca de los inquisidores, a quienes, toda vez que los sorprendía en falta les instruía un sumario rajante, pudiendo así desterrar gradualmente semejantes procedimientos y convertirme al propio tiempo en defen - sor de ese infortunado submundo infantil.” (Castelnuovo, 1974: 99) En uno de los relatos de 1931, Castelnuovo re - coge la visión prejuiciada sobre el Reformatorio desde imágenes escatológicas: “Muchas personas creían que aquella colonia era un torno de expósitos o un receptáculo de inmundicias. No había más que aproximarse a la puerta de la cloaca y arrojar el bul- to” ( 1931:135) No es diferente el diagnóstico que propone en sus Memorias de los actores del Deformatorio: “Criados prácticamente en la calle, en los po - treros, en las quemas de basura, en los lupa- nares, hijos de muchos y de ninguno, fami - liarizados con la hediondez de los calabozos de las comisarías y con la promiscuidad de los depósitos policiales, precozmente defor - mados y resentidos, no entraban de ninguna manera dentro de los cuadros del fárrago de teorías educacionales con las cuales se había burrado el cráneo el director […] los niños normales, lógicamente estaban en minoría” (Castelnuovo, 1974: 99) Lo grotesco de la miseria Lo grotesco no escapa a los referentes históricos culturales de la sociedad en que emerge. Tampoco escapa a las coordenadas que van trazando los sa - beres de Occidente. A fines del siglo XIX, la moder - nidad ancló lo grotesco en los bordes más oscuros de las ideologías de lo serio, despojándolo de sus tradiciones lúdicas y carnavalescas, tan finamente trabajados por Mijail Bajtin. Las propias representa - ciones del cuerpo que disparó la modernidad tardía, acentuaron esta escisión y fractura en el imaginario social latinoamericano. Acaso el sentido que porta el término Larvas se aproxime a esa temporalidad de la metamorfosis de lo grotesco arcaico (Beristáin, 1997: 243), acaso, a su vez, incrustada en el grotesco realis - ta de Castelnuovo. El peso de los discursos cientificistas sobre el cuer - po enlazó con desigual énfasis los enfoques médicos, higienistas y criminológicos, a contrapelo de los ancla- jes del cristianismo sobre la dualidad cuerpo/alma. Las tesis del italiano César Lombroso (1835-1909) sobre los rasgos deformes del cráneo como marcadores de una innata criminalidad, gravitaron en el imaginario tras su afiliación al Partido Socialista Italiano, al publicar en 1894 su libelo cientificista Los Anarquistas , donde pretende reconocer la criminalidad de sus adversarios políticos por su “cara de moco”. La nariz y la boca que Bajtin señala como hegemónicos en la construcción carnavalesca de lo grotesco corporal, son desplazadas desde el paradigma de lo serio y sus saberes por otros referentes corporales. La historia de lo grotesco trasciende los cami - nos de la modernidad. En esa dirección hay que entender que las nuevas opiniones, conceptos y representaciones de lo grotesco cambiaron con cada nueva generación de artistas y de críticos. A lo que habría que agregar las marcas que le impri- me cada cultura a las representaciones del cuerpo y sus fragmentos. Las nuevas opiniones y conceptos de lo grotesco cambian con cada nueva generación de artistas y de críticos; cada una creó su propio arte grotesco, enten -
RkJQdWJsaXNoZXIy MTA3MTQ=