Número 57

26 duce sistemáticamente dominaciones culturales, epistémicas, de género, étnicas, de clase. El quehacer académico está situado sociocul- turalmente, en todos sus actores. No es una es- fera independiente de los otros juegos de poder del mundo 2 ; las ideas no son independientes de su contexto de producción y en consecuencia, las validaciones o exclusiones de personas o ideas del mundo de los “expertos” no responden al valor de una idea “por ella misma” (tal cosa no existe), sino que adquieren valor por quien la dice. Todos estos mecanismos son velados; se ocul- tan tras “razones”, de manera que los estudiantes, jóvenes, algunas veces temerosos e ignorantes, acaban creyendo que hay que leer los tres libros que sean importantes para el profesor que tengan enfrente. Nada más azaroso que nuestras prefe- rencias culturales; ellas no muestran “verdad” o “razón”, sino que dan cuenta de los sitios socio- históricos que hemos habitado. Y ese no es el pro- blema: el problema es que creamos tener razón , el problema es que nos pongamos normativos. De tener la razón a imponerla El paso siguiente es que si alguien puede tener la razón, y esa se compra con credenciales univer- sitarias, entonces puede imponerla a los otros y lo hace desde un sitio, no sólo académicamente superior, sino moralmente superior. Hace algunos años cursaba el primer semestre de la maestría cuando una doctora aceptó hacer- me el favor de leer mi avance de tesis para co- mentarlo en público. El día de dicho comentario, decidió decir que no podía comentarme porque “no me había entendido”; nos explicó que no me había comprendido porque yo no sabía escribir. Adornó con sugerencias morales, tales como: “yo no sé cómo llegaste a una maestría, deberías ir a tomar clases de escritura a una prepa”. Para muchos de los presentes ese día, incluida por un periodo yo misma, el problema era justo ese que ella, desde su sitio de poder, nombró y describió. Me tomó tiempo y valor abrir sus comenta- rios para darme cuenta que lo que ella marcaba 2 Ver Bourdieu, Pierre. (2000). Intelectuales, Política y Poder. Argentina: EUDEBA. como “errores” eran usos filosóficos de la lengua y que hacía toda la diferencia cambiarlos (decían otra cosa que yo no quería decir). El problema podía ser resumido en una frase: ella no cono- cía -o no había leído, o no recordaba- a un cierto filósofo. No quisiera sugerir que ella “debía” co- nocer nada, ni a nadie, esa es la falacia natura- lista (creer que de una descripción se sigue un deber-ser moral): ella no “debía” saber eso, pero tampoco debió haber hecho uso de violencia, de su poder de enunciación en público. Se asume que si tienes credenciales tienes co- nocimientos, y que éstos tienen condición de ver- dad. Se asume que una verdad valida la violencia, o se justifica a sí misma. Se aplican falacias natu- ralistas: se cree que de un predicado “x” se sigue una acción moral, y no, pues todas las acciones implican decisiones, de las cuales es responsable el sujeto: no hay razón a-histórica, natural y todo- poderosa que sostenga ninguna elección. En el ejemplo anterior, suponiendo que la alumna tuviera errores gramaticales y ortográfi- cos que se sostengan por lo dictado en las normas de la real academia de la lengua, eso no hace que sean errores “objetivos”. Validarlos como “erro- res” implica validar la institución legitimadora, en este caso se asume que la real academia tiene “razón” y “verdad” y que hay argumentos para ha- cerle caso. Pero incluso aceptando esas dos pre- misas: hubo errores gramaticales, la academia de la lengua está bien y debe ser instituida, de eso no se sigue ninguna acción moral. Es decir, no se puede concluir: debo gritarle que vuelva a la pre- pa porque es una vergüenza para la maestría. Pero no sólo no se sostiene esa conclusión, sino que no hay conclusión moral que se sostenga en descrip- ciones. La moral es siempre una elección. Elegi- mos a qué instituciones legitimadoras les damos razón. Elegimos a quiénes hacerles caso, dado que siempre hay varias teorías. Pero más profun- damente, elegimos qué hacer con lo que sabemos: imponerlo, gritarlo o callarlo. El problema es que la idea misma de razón ocul- ta la naturaleza electiva de la moral y hace pensar que de ciertos predicados se siguen necesariamen- te ciertas conclusiones. El problema de la idea de

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