Número 57

28 más de los marcos simbólicos, el de si nos ense- ñaron o no a valorar cierto tipo de conocimien- tos o de prácticas, y el tipo de conversaciones que se mantenían con nosotros. Incluso las evaluaciones institucionales están inscritas en el universo simbólico de lo cultural, afectables por el acento que tengamos al hablar, las palabras que usemos, la vestimenta que por- temos, el color de nuestra piel, el género con el que nos identifiquen, nuestras facciones, las es- cuelas a las que hemos asistido, las personas a las que conocemos, incluso nuestros apellidos. Lo que parece un puro logro personal, fruto del trabajo y el esfuerzo, ha sido conseguido con la venia de ciertos símbolos que encarnamos, o a pesar de dicha encarnación. Se asume que el estado actual del poder es el resultado del progreso de la historia, donde tene- mos el mejor de los mundos posibles, donde ha triunfado la razón y por lo tanto: los libros más vendidos son los mejores libros, los restaurantes más caros son los mejores, las mejores marcas son las más publicitadas, las más exclusivas las mejores escuelas, etc. Se relaciona esfuerzo, con razón, con mercado y con un deber-ser moral. Ser parte del club El conocimiento podría conceptualizarse como una serie de enunciados sobre el mundo, una serie de relaciones establecidas entre sujetos y predicados. Hay varias formas de hacer esas aso- ciaciones y de validarlas; y como siempre sucede en las empresas humanas, hay jerarquías. El conocimiento más reconocido y validado es el académico (en realidad incluso dentro de la acade- mia el “científico” es más valioso, y hay de “cien- cias” a CIENCIAS). Ese conocimiento privilegia lo objetivo, lo universalizable, lo inmutable, busca es- tabilidad y leyes, por medio de una cierta lógica. Eventualmente, con un poco de paciencia y obediencia se puede lograr una carrera académi- ca. Se pueden leer los libros elegidos, se puede estudiar aquello que sea interesante a través de los medios indicados y escribiendo en el lengua- je aceptado. Después de algunas lecciones (y tal vez de algunas humillaciones) quizá se reconoz- ca que se es parte del club. Se es académico, se es investigador, se es profesor. Una vez que se comienza a ser reconocido en ese plano, parece que el esfuerzo “ha valido las penas”. Pueden felicitarte, elegirte para hablar frente a dos o tres grupos, invitar a tus artículos a revistas, etc. Se comienza a gozar de los fru- tos de ser experto, se deviene experto en alguna pequeña cosa y se tiene el poder, la solemnidad para hablar de esa cosa. Una vez validado como “experto”, entonces se puede hablar de cualquier cosa y la opinión será considerada igual de va- liosa. La palabra adquiere valor por el estatus de quien la pronuncia y de a quién va dirigida. Por lo cual, un niño “genio” bueno para las matemá- ticas, está legitimado para dar opiniones sobre el gobierno (así en general), sobre el sistema edu- cativo, y sobre todo, y sobre todos. Se vuelve muy difícil, si no imposible, una vez que uno con sudor, lágrimas y alguna dignidad se consigue capital académico, poder denunciar el juego, señalar que se trata de un “Club de Toby”, y es importante que sea “de Toby”, porque las “Lulús” sólo son invitadas como cuota, mientras respeten el orden patriarcal. Es difícil, cuando uno goza del privilegio, aceptar que en la aca- demia, sus integrantes suelen ser más amigos de sus amigos que de la verdad. No nos conviene, una vez adentro, hablar de los juegos de poder, ni siquiera “por el bien del conocimiento”. Sobre todo, porque uno ha co- menzado a ser legitimado. Ser crítico y denun- ciar sería perder la preciada calidad de “exper- to”. Como consecuencia, acabamos sosteniendo la creencia en la razón, en las notas, en los exá- menes (más en los estandarizados) y claro, en los “expertos”. Además, asociamos a estas creen- cias valores morales de bondad y superioridad sostenidos en la razón. No pretendo decir que el valor supremo de conducta en la academia deba ser la verdad; quizá sea mucho más valioso ser una buena persona y mantener los lazos sociales con nuestros amigos, colegas y familiares. El problema es colocar el va- lioso cuidado de los otros en el cajón de la “razón” o la “verdad”. El problema es ocultar que nos pre-

RkJQdWJsaXNoZXIy MTA3MTQ=