Número 57
52 Precisamente durante el periodo de la guerra fría, bajo ese cometido por garantizar la salva- guardia del capital extranjero, por hacer frente a la incidencia del comunismo y ante la inesta- bilidad política en la región, los países centroa- mericanos padecieron la mano dura de las inter- venciones militares. Los ejemplos más notorios son los de Guatemala y El Salvador, dos naciones del triángulo norte, donde después de la Segun- da Guerra Mundial “[la] inestabilidad [política] adquirió una especial gravedad que se trató de resolver con carácter general por medio de la in- tervención” (Quero, 1995:214) y por medio de la fuerza más visible, es decir, las bases milita- res estadounidenses de Palmerola y Comayagua, ubicadas en territorio hondureño. No obstante, estas medidas intervencionistas nunca pudie- ron incorporarse como elementos a definir en los acuerdos de paz en Centroamérica, ya que el trasfondo de la ayuda mediática se limitaba a los intereses y al capital estadounidense. El escenario centroamericano pensado des- de la inestabilidad social, política y económica, como resultado de la intervención extranjera, es la evidencia más nítida de que “el bienestar de un lugar repercute en el sufrimiento de otro [lugar]” (Bauman, 2008:14), lo que pone de ma- nifiesto que las “expulsiones [y desplazamientos forzados] equivalen a un proceso de selección salvaje” (Sassen, 2015:14); es decir, se alude a un contexto cargado de hostilidades y a un terri- torio intervenido que constantemente actualiza una matriz colonial/extractiva, al tiempo de ha- cer invisibles y deshumanizar a ciertos sectores de la sociedad centroamericana. Por tanto, como bien menciona Chomsky (2017), las caravanas migrantes obedecen, desde la época del régimen de Ronald Reagan (1981-1989), al horror creado en tres países sometidos por los Estados Unidos. El ejemplo actual más revelador de este contex- to se halla en el mandato de Barack Obama (2009- 2017) y el golpe de estado en Honduras (2009) que logró derrocar al presidente Manuel Zelaya, y donde Hillary Clinton, entonces Secretaria de Estado, intervino en el sistema de política exte- rior bajo la misión estadounidense de “no tolerar la violencia en la región” (Weisbrot, 2011). Este escenario motivó y refuerza las actuales inestabi- lidades sociales, políticas y económicas que posi- cionan a Juan Orlando Hernández en su segundo periodo presidencial en Honduras. En este sentido, el pueblo centroamericano, con una política y democracia interna ficticia y con hilos moviéndose desde el exterior, en una realidad que se ha vuelto constante, vive las vio- lencias ejercidas desde las intervenciones ex- tranjeras, expresadas a través de los sistemas de gobierno locales, además de las desigualdades sociales y del crimen organizado (MS-13) que acecha a la región, lo que figura como un com- plejo rompecabezas, cuyas piezas nos indican las condiciones sociales que gran parte de centroa- mericanos enfrentan de manera cotidiana. De modo que consideramos que las caravanas migrantes huyen de la incertidumbre que provo- ca un escenario intervenido, donde en el Trián- gulo Norte de Centroamérica se hace evidente, precisamente, que: Hay grupos sociales en los que el miedo supera de tal modo a la esperanza que el mundo suce- de ante sus ojos sin que ellos puedan hacer que suceda. Viven en espera, pero sin esperanza. Hoy están vivos, pero en tales condiciones que maña- na podrían estar muertos. Hoy alimentan a sus hijos, pero no saben si mañana podrán hacerlo. La incertidumbre en la que viven es descendente, porque el mundo sucede de formas que dependen poco de ellos. (Santos, 2016:89) La incertidumbre descendente a la que se refie- re Santos, donde el miedo pesa sobre la esperan- za, engloba actores sociales que para las estruc- turas locales e internacionales se encuentran invisibilizados, es decir, son parte de la escena que Azaola (2012) define como las violencias de siempre, aquellas violencias diarias que han existido sin vinculación necesaria con las orga- nizaciones criminales. Así pues, entre estas vio- lencias pueden enmarcarse aquellas teorizadas por Galtung (1998) y tipificadas como violencia estructural, violencia cultural y violencia direc- ta. Por lo tanto, las violencias de siempre tienen
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