Número 57
58 rio de desigualdad social del que los migrantes huían. Mientras que, por el otro, se encontraba la gran mayoría que exigía el empleo de la fuerza pública contra quienes según ellos violentaban la soberanía nacional; dicho contexto ya era en sí bastante familiar, un mero lenguaje hostil que desde los Estados Unidos, el vecino del norte, ya había expresado frente a los mexicanos, bajo el ejemplo de su presidente, y que hoy desde este lado se reproducía contra los centroamericanos. Las posturas respecto a la migración «legal» e «ilegal» saltaron a la vista, constituyendo la prin- cipal demanda de las redes sociales y del gobierno mexicano, donde se trató de minimizar el pasado histórico de México como emisor y receptor de migrantes; 3 todo ello sin tener presente las cau- sas y el contexto de la migración irregular, y don- de resulta evidente que “las leyes y regulaciones nacionales; las contradicciones que surgen de la globalización neoliberal; la agencia individual y colectiva de los migrantes; las actividades de la «industria de la migración» y la vulnerabilidad de grupos” (Castles, 2010:53), figuran como los principales motivos de la migración irregular ex- pulsada de territorios precarios específicos y con lacerantes desigualdades sociales. Una vez en territorio mexicano, se siguieron vertiendo comentarios hostiles en torno a los migrantes, donde sectores de la sociedad mexi- cana exigían se detuviera, con la fuerza pública, lo que consideraron “una invasión”. Si bien se hablaba de la intervención gubernamental, tam- bién emergieron posturas radicales que pedían incluso la intervención de los cárteles de la dro- ga: “en cuanto lleguen a Guadalajara, los estará esperando el CJNG [Cártel Jalisco Nueva Gene- ración] para cazarlos como perros”. Dichas pos- turas se podían leer en Facebook , donde asolaba un proceso doloroso, que puso de manifiesto, una vez más, las violencias —de Estado y del cri- men organizado— que los migrantes experimen- tan en su tránsito por México. 3 Por ejemplo, “las oleadas migratorias europeas que llegaron a nuestro país huyendo de las dictaduras surgidas en los años treinta y cuarenta, especial- mente de la dictadura franquista [y también…] los refugiados latinoamerica- nos […] otro proceso migratorio en el que México fue receptor de grupos que dejaron sus tierras a causa de los conflictos armados” (Rodríguez, 2015:38) Esta violencia discursiva, de la que fuimos tes- tigos, expresa la escena pública del racismo, en- tendido como: “un proceso mediante el cual los grupos sociales clasifican a otros grupos como diferentes o inferiores, basándose en caracterís- ticas físicas o culturales. El proceso incluye la uti- lización del poder económico, social o político, y con frecuencia su objetivo es justificar la explota- ción o la exclusión de los grupos discriminados” (Castles, 1993:56). De tal manera, consideramos que el racismo es parte de la urdimbre que Rivera Cusicanqui (2010) conceptualiza como las vio- lencias (re) encubiertas, que ponen de manifiesto un modo de dominación social sustentado en un horizonte colonial de largo alcance. Así pues, el contexto de las caravanas migran- tes, aunado al racismo que se desprende de las violencias (re)encubiertas, se construye como un escenario hostil en el que la discriminación figu- ra como: “la pretensión del que se cree superior, precisamente de raza; [es decir] una especie de vanidad de querer mantener su superioridad. [Por tanto, la discriminación] es la herencia europea que hemos recibido de los cuatro siglos de predo- minio de los que se creían superiores” (Lehm y Rivera, 1988:148-149). De modo que las violen- cias (re)encubiertas en torno a las estructuras de dominación social, son capaces de segregar seres humanos, a partir de marcadores de desigualdad social, que alimentan y hacen evidentes los proce- sos de incertidumbres articuladas que trastocan a los integrantes del éxodo centroamericano. Estados Unidos. ¿T erritorio de destino? En México una serie de gobiernos locales “per- mitieron” el tránsito de las primeras caravanas y la apertura de refugios migrantes; asimismo, en ciudades como Guadalajara y Ciudad de México, se encargaron de facilitar su traslado a regiones más próximas a la ruta migratoria. En ese sen- tido, esas intervenciones expresaron la premu- ra porque el éxodo partiera de sus ciudades y continuara rumbo al norte del país. Una vez que la primera caravana se estableció en Tijuana, la ciudad se convirtió en un hervidero de posturas civiles y gubernamentales.
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