Los intelectuales a la deriva: entre la producción de papers y los señuelos del Poder

«Pensar es servir»
José Martí

 

Una carta abierta es un buen vehículo para desplegar nuestras ideas sobre las condiciones en que solemos realizar, al lado de nuestros pares, el trabajo intelectual que nos corresponde, entre la docencia y la investigación, sin olvidarnos de la función social de la Universidad y de la ética del compromiso profesional y ciudadano.  Carta para suscitar nuevas reflexiones, réplicas y contrarréplicas. Estamos convencidos que quienes cultivamos el pensamiento crítico debemos sumar esfuerzos, marchar a contracorriente, desbaratar lugares comunes  y ganar posiciones.

La gran mayoría de los académicos latinoamericanos han quedado atrapados por el nuevo giro de la ideología del trabajo intelectual a favor de la competitividad, las certificaciones y la autocensura, frente a la toma de posición en base a argumentos derivados de sus áreas de conocimiento y ante las urgencias regionales, nacionales, continentales y globales. En la región se trasluce un nuevo canon que se hace transparente a través de buen número de las políticas de Estado y sus organismos de Ciencia y Tecnología, Arte y Cultura. Los organismos rectores de estas políticas interuniversitarias aplican para tal fin incentivos simbólicos o materiales, recursos financieros de manera discrecional, según sus planes de «desarrollo», los cuales coadyuvan a favor de la remodelación del sistema meritocrático.

En este contexto, no es casual que nos hayamos vuelto testigos presenciales de un preocupante proceso de contracción de las expresiones académicas del pensamiento crítico y desvinculación ciudadana. Entre los profesores e investigadores universitarios van ganando terreno el silencio, la simulación, el doble discurso y las actitudes complacientes. La ética profesional se ha convertido en formal caricatura, neutra y sin sensibilidad ciudadana. El miedo  a la sanción inmoviliza o silencia a muchos de nuestros colegas. No desean perder los incentivos a la productividad que con tanto trabajo intelectual han conseguido ni sus aspiraciones a ser promovidos a  una categoría superior u obtener una premiación o reconocimiento. La nobleza universitaria se mira ingenua y narcisistamente en su propio espejo. El torremarfilismo académico se ha remozado y cuenta con el apadrinamiento de las entidades certificadoras o rectoras de la vida universitaria, la ciencia, la  tecnología, el arte y las disciplinas humanísticas. Algunos, los menos, apuestan a escenarios mayores pugnando por obtener algún reconocimiento, apoyo financiero o distinción internacional. No les interesa preguntarse acerca del carácter e intereses que mueven a estos organismos del Norte o de sus modos de construir celebridades. La denominada fuga de cerebros tiene dos aristas: la de los académicos célebres o en vías de ser que son tentados por la maquinaria universitaria de los aparatos de poder del primer mundo y las de los intelectuales parias, que en sus países de origen no encuentran cabida laboral digna.

A partir de la última década del siglo XX comenzaron a proliferar en las principales ciudades de América Latina prestaciones individuales o colectivas brindadas por jóvenes de alta capacitación y competencia abocados a realizar servicios de maquila intelectual para los investigadores. Favoreció este controversial proceso de enajenación del trabajo intelectual juvenil, la contracción del mercado ocupacional y la inestabilidad del empleo para las nuevas generaciones de egresados de universidades públicas y privadas. Coadyuvó en la misma dirección la asignación de recursos financieros institucionales o externos, nacionales o extranjeros a favor de los investigadores. Existen también jóvenes que a título individual realizan parecidos quehaceres, quedando adscritos como ayudantes, auxiliares o «becarios»  de investigación con esmirriados salarios, la mayoría de veces sin prestaciones sociales y sin derecho de uso de los insumos o productos generados por ellos.  Los académicos que ostentan elevados rangos de productividad en papers, artículos científicos y libros, contadas veces otorgan los reconocimientos a sus jóvenes ayudantes o discípulos. Otros, ni siquiera reciben el más mínimo reconocimiento, quedan en el más absoluto anonimato o les es negada toda  posibilidad de publicar en las revistas indexadas en las cuales sus investigadores-patrones ostentan algún cargo. Destacaremos como un hito del pensamiento crítico frente a esta modalidad alienada del quehacer intelectual los penetrantes artículos de Claudio Lomnitz publicados durante el segundo trimestre del 1998 en la ciudad de México. [1] Temas medulares, como el papel de los intelectuales frente al uso instrumental del conocimiento y el compromiso social del trabajo académico en sociedades marcadas por la pobreza y desigualdad, son analizados, por el doctor Lomnitz,  con ánimo constructivo y acudiendo a argumentos que impugnan  las políticas científicas imperantes.

 No es posible reseñar en este texto el debate que sostuvieron estos autores, pero si queremos señalar que, desde nuestro prisma, el tema que analizó y criticó Lomnitz, ilustra lo que en mayor o menor medida se ha convertido en un tendencia en desarrollo y atenta contra los derechos de los jóvenes intelectuales.

La historia de los journal  y revistas universitarias es otro terreno minado de competencias y arrebatos. No son pocas las publicaciones que detrás de nombres rimbombantes, ocultan soterradas luchas por el control de las revistas y boletines, haciendo de esos instrumentos de difusión del conocimiento espacios endogámicos y autorreferenciales, bajo control de  consejos dictaminadores designados a puertas cerradas y con la única obligación de rendir cuenta de sus decisiones «ante Dios y ante la historia».

Sin resentimientos, pero con el ánimo de poner en claro el manejo un tanto antojadizo de quienes tienen la responsabilidad de asignar reconocimientos y pergaminos, queremos señalar que son contados nuestros intelectuales latinoamericanos que han sido distinguidos por la Corona Sueca con el premio Nobel, y frente al cual han tenido un comportamiento análogo al de sus pares en otros continentes. El  excepcional y fundado rechazo de Jean Paul Sartre a dicho premio sigue brillando como una luz solitaria en el terreno mismo del pensamiento crítico frente a las tentaciones de formar parte de la nobleza intelectual global. Dicha premiación atiende en los terrenos científicos y literarios, más que en los políticos,  a trayectorias y obras significativas y trascendentes. No faltan las elecciones con  mayor o menor grado de controversia. Lo que si queda claro es que la seducción y la fascinación de dicho premio ha tocado a nuestros científicos: Bernardo Houssay (Argentina, 1947), Luis Federico Leloir (Argentina, 1970) Baruj Benacerraf (Venezuela, 1980); César Milstein (Argentina, 1984), Mario J. Molina (México, 1995).  No han quedado ausentes del premio a la paz algunas de nuestras figuras políticas y diplomáticas: Carlos Saavedra Lamas (Argentina, 1936), Adolfo Pérez Esquivel (Argentina, 1980), Alfonso García Robles (México, 1982), Óscar Arias Sánchez (Costa Rica, 1987), Rigoberta Menchú Tum (1992). Esta distinción global se ha proyectado igualmente sobre figuras extra académicas de nuestra galaxia literaria como: Gabriela Mistral (Chile, 1945), Miguel Ángel Asturias (Guatemala, 1967), Pablo Neruda (Chile, 1971),  Gabriel García Márquez (Colombia, 1982), Octavio Paz (México, 1990), Mario Vargas Llosa (Perú, 2010). Una revisión de los discursos y comportamientos de quienes han recibido el Nobel, indica que no siempre, lograron abatir en las personalidades de nuestras izquierdas, sus ideales. El discurso de Neruda en 1971 al recibir el premio dijo entre otras cosas:

«En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los trabajadores, a los poetas que el entero porvenir fue expresado en esa frase de Rimbaud: « sólo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres.»

Lo anterior prueba que un discurso de agradecimiento no obliga a doblar la cerviz. No importa el rango o la trascendencia que pueda tener un reconocimiento, si las ideas e ideales de cambio, de libertad y justicia social forman parte de nuestra identidad  y nuestro quehacer. Por lo anterior, resulta deprimente ver a algunos de nuestros otrora exponentes del pensamiento crítico de las academias universitarias latinoamericanas, practicar el silencio, la autocensura, recurrir a la palabra edulcorada o elíptica para contentar a quienes los pueden apadrinar, evaluar o certificar.

Tal vez valga la pena hacer una aclaración que salve malos entendidos. Las referencias anteriores han sido incluidas porque  permiten situar el debate en su justa dimensión. Vale la pena reiterarlo, no se desprecia el trabajo intelectual ni se olvidan las particularidades que rodean a una actividad que, como cualquier otra praxis que nace del talento y voluntad de los hombres, contribuye a consolidar el desarrollo social y asegurar un futuro menos agobiante para todos. Pero los casos citados son una muestra de las posiciones y compromisos que los «hombres del pensamiento» suelen adoptar frente a la tentación de las distinciones y reconocimientos o ante la generosidad de ciertos recursos de procedencia no siempre clara por sus orígenes o por los condicionantes institucionales y encuadramientos teórico-políticos que exigen.

Sabemos que el peor error es amontonar a todos en un mismo saco. Desde las corrientes del pensamiento social que han trabajado el tema, es posible identificar al menos cuatro lecturas dominantes. Para algunos enfoques que proceden de la matriz teórica de cierta izquierda y del llamado «nacionalismo antiimperialista», la misma condición de «intelectual» suele remitir a un sujeto que ocupa un estatus cargado de privilegios, alejado de las necesidades sociales y de los intereses de las clases populares. Desde el «inicio» el rol social del intelectual y la imagen que proyecta como sujeto pensante - en cualquiera de sus acepciones - están cuestionados y se asimilan a un trabajador  «de elite» cargado de privilegios y distinciones por llevar a cabo una actividad cuya eficacia en términos sociales, estaría en duda.

 Otras corrientes de la izquierda política enfatizaron las pertenencias partidarias de investigadores y académicos – y en general, del trabajo intelectual incluyendo escritores, pintores y artistas – como criterio valorativo sobre el papel de este sector de la población. De esta forma, la relevancia y alcance de los aportes de aquellos que inscriben su quehacer en el mundo de la reflexión y difusión de las ciencias, cobran real trascendencia si contribuyen a fortalecer estrategias de luchas políticas específicas, las que se expresan a través de partidos o movimientos.

En realidad, esta postura paga tributo a una mala lectura del concepto de «intelectual orgánico» que formuló el teórico marxista Antonio Gramsci. Para este pensador y dirigente del comunismo italiano el papel del intelectual tenía como responsabilidad primaria la de acompañar el movimiento social de las clases subalternas, sin que eso derivara, necesariamente, en encuadramientos partidarios. Así definió también el rol del partido de la clase obrera como «educador y referente intelectual» de los sectores explotados de la sociedad, lo que llamó las «funciones pedagógicas» de un partido revolucionario. Le correspondía a la vanguardia intelectual formular los conceptos y paradigmas a partir de los cuales debía leerse el acontecer social con un horizonte emancipatorio, aunque el intelectual no inscribiera su trabajo en una estructura partidaria definida. El compromiso surgía de sus aportes a un proyecto que expresaba los intereses históricos de la clase obrera.

Como contrapartida de la visión anterior, algunas escuelas del pensamiento marxista exaltaron la autonomía relativa de la práctica científica y la capacidad de generar sus propias reglas de validación cuando el conocimiento es puesto al servicio de los intereses históricos de las clases explotadas. Existe, en esta lectura, una interpretación sesgada del concepto leninista de la conciencia como  elemento subjetivo que se gesta «desde fuera» de la práctica reivindicativa del sujeto social que, pese a ser portador del mandato revolucionario, es incapaz de comprender, por sí mismo, el horizonte en el cual se inscriben sus luchas cotidianas por el logro de sus objetivos inmediatos. Si la conciencia de clase viene desde «afuera», el papel de los intelectuales es fundamental en la construcción de un pensamiento crítico que oriente y fije objetivos de largo plazo al accionar político del movimiento de masas.

La llamada sociología de la «modernización» hizo la apología del dato estadístico y del «apoliticismo», como garantía de un conocimiento social que pudiera consolidarse sobre presupuestos verdaderamente científicos. Práctica académica y compromiso social debían transitar por carriles propios y resolver sus conflictos en compartimentos estancos. Los avatares de las luchas obreras y estudiantiles y la debilidad institucional jaqueada por constantes golpes de Estado, pusieron límites a la ilusión desarrollista que acompañó a esta vertiente del pensamiento social. Hacia fines de los años setenta, buena parte de sus argumentos modernizadores estaban seriamente cuestionados. Ni la gradual «maduración» de la conciencia social de las clases trabajadoras ni la consolidación de un conglomerado empresarial moderno que cumpliera con el ciclo abierto por las burguesías europeas desde el siglo XIX, parecían objetivos alcanzables en las formaciones sociales latinoamericanas. La visión del desarrollo por etapas, un subproducto del estructural-funcionalismo sociológico surgido en las universidades estadounidenses, quedó trunca, o bloqueada, por emergentes políticos y actores sociales que  no estaban previstos en los estudios que apuntaban a explicar la dinámica social en países periféricos que, de acuerdo a la teoría,  debían vivir etapas de transición que sin mayores sobresaltos, abrieran el camino que conduce a la modernidad capitalista. Se descubrió entonces que los populismos no eran el resultado de la capacidad de intriga y manipulación de líderes demagogos, sino el resultado de una particular coalición de clases que disputaba la hegemonía al bloque histórico oligárquico y conservador, que se conformó en la segunda mitad del siglo XIX.

Hay antecedentes relevantes de investigadores de prestigio que terciaron en este debate a fines de los sesenta. En esta línea, es justo mencionar el aporte de Oscar Varsavsky, un científico argentino que después de renunciar a su cátedra en julio de 1966, al ser atropellada la autonomía universitaria, redactó un texto breve y sustancioso que marcó a toda una generación: Ciencia, Política y Cientificismo (1969).  El cientificismo como ideología y mascarada de la pretendida seriedad y eficiencia del saber  fue duramente cuestionado al igual que las fiebres competitivas del ego académico, su contabilidad de papers y publicaciones y su «productividad» que comenzaba a tocar las fronteras universitarias de América Latina. Varsavsky pensaba en el horizonte que le era más familiar, el de las ciencias exactas y experimentales. Fustigaba sin concesiones la reproducción caricaturesca  en nuestros países del modelo hegemónico de la academia estadounidense:

«Es natural, pues, que todo aspirante a científico mire con reverencia a esa Meca del Norte, crea que cualquier dirección que allí se indique es progresista y única, acuda a sus templos a perfeccionarse, y una vez recibido su espaldarazo mantenga a su regreso –si regresa- un vínculo más fuerte con ella que con su medio social. Elige alguno de los temas allí en boga y cree que eso es libertad de investigación, como algunos creen que poder elegir entre media docena de diarios es libertad de prensa. ¿Qué puede tener esto de objetable? Es un tipo de dependencia cultural que la mayoría acepta con orgullo, creyendo incluso que así está por encima de ‘mezquinos nacionalismos’ y que además a la larga eso beneficia al país. Ni siquiera tiene sentido, se dice, plantear la independencia con respecto a algo que tiene validez universal, más fácil es que los católicos renieguen de Roma.» (1969: 15).

Transcurrirían dos décadas más para que el ámbito de las ciencias sociales y de las disciplinas humanísticas fuese contaminado por esta oleada cientificista. Los artículos con mejor puntaje deben acreditar que pueden ser calificados como «científicos» y que han sido publicados en revistas «científicas» con arbitraje probado y certificación internacional. Juego de formas y simulaciones frente a las cuales el pensamiento crítico latinoamericano  ha perdido espacios.

El debate entre práctica académica y compromiso político ha sido enriquecido en tiempos más recientes por el aporte de numerosos analistas y estudiosos del tema. Como referente de estas nuevas lecturas cabe mencionar el documento  “Las Ciencias Sociales en la era Neoliberal: entre la Academia y el Pensamiento Crítico”, escrito por el sociólogo Atilio Borón (2005).

El texto de Borón constituye un valioso esfuerzo destinado a desmontar el andamiaje conceptual del pensamiento neoliberal y posmoderno aplicado a las ciencias sociales latinoamericanas.  Categorías sustantivas como la desaparición de los actores colectivos, la exaltación del formalismo matemático y de las estadísticas como herramientas “neutras”, la plena movilidad de los sujetos en un mercado libre y transparente y la preponderancia de la relación costo-beneficio en la determinación del comportamiento social, son cuidadosamente refutadas en el ensayo de este autor.

Tal vez la interpretación más cuestionable de la propuesta de Borón sea cierto pesimismo acerca de la capacidad de seguir generando una lectura crítica del acontecer social latinoamericano al producirse la migración de las universidades públicas al «modelo de consultoría» y búsqueda de patrocinios en el sector privado. Los riesgos de esta mudanza son altos y es bueno señalarlos con todas las palabras; los criterios de evaluación del personal docente y de la calidad de los materiales que generan,  están sujetos a dictámenes de naturaleza “productivista”  y tamizados por prejuicios ideológicos y culturales que ponderan los referentes externos – en particular los criterios que aplican las instituciones académicas de Estados Unidos y Europa – con lo cual se desvirtúa y subvalora la investigación que se lleva a cabo en los institutos y universidades latinoamericanas.

Pese a los reparos que apunta Borón acerca de las dificultades de las instituciones de educación superior para generar un pensamiento crítico que ofrezca soporte teórico y alimente un proyecto político transformador, entendemos que no puede olvidarse que un segmento importante de la producción teórica y de las investigaciones empíricas que denunciaron la perversión de las políticas neo-liberales surgió de espacios académicos que –aún con limitaciones presupuestales graves y ante el desinterés de las autoridades–  pusieron el dedo en la herida y difundieron ante la opinión pública propia e internacional, el camino trágico por el que transitaban las sociedades del continente, sometidas a políticas públicas nacidas bajo el patrocinio de los organismos financieros internacionales.

Por los argumentos mencionados y consecuentes con los principios expuestos, ratificamos nuestro compromiso de continuar bregando a favor de nuevos espacios de expresión del pensamiento crítico frente a la normalización de los órdenes injustos y sus modos culturales de alienación. Van aquí, En el volcán insurgente, nuestros mejores votos a favor de la revista hermana Pacarina del Sur en su quinto aniversario,[1] espacio reconocido por su filiación crítica y responsable frente a la desmemoria, los lastres y las urgencias de Nuestra América.

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Notas:

[1] Tras publicar su texto «Krause o su fábrica de la historia» en la revista Milenio, Lomnitz tuvo que replicarle a Krause con un nuevo texto intitulado  «Historia en ruinas». La réplica del historiador Krause quedó consignada en dos números de la misma revista bajo los títulos de: «El mártir de Chicago « Adiós Mrs. Lomnitz»,

 

 Referencias bibliográficas

  • Borón, Atilio (2005), Las Ciencias Sociales en la era Neo-liberal: entre la Academia y el Pensamiento Crítico, CLACSO, Ponencia presentada en el XXV Congreso de ALAS, Porto Alegre, Brasil
  • Krause, Enrique (1998) «El mártir de Chicago», Milenio, México, núm. 38, 18 de mayo de 1998.
  • _____,  « Adiós Mrs. Lomnitz», Milenio, México, núm.40, 1º de junio de 1998.
  • Lomnitz, Claudio (1998) «La fábrica de la historia», Milenio, México, núm.36, mayo de 1998.
  • _____, «Historia en ruinas»: Milenio, México, núm. 37 del  11 de mayo de 1998.
  • Varsavsky, Oscar (1969), Ciencia, Política y Cientificismo, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires.

 

Créditos de imágenes

http://pixshark.com/reportero-caricatura.htm

http://lateclaconcafe.blogia.com/2009/octubre.php

http://stefaniarojasorco.blogspot.mx/2012/12/discurso-de-pablo-neruda-en-ceremonia.html

http://www.questiondigital.com